Jamás hubiese imaginado,
que tras las tinieblas de mis cuencas vacías
hubiera una llama que iluminara mis noches.
Que tras el viento que robó mi descanso,
fuese la brisa quien me llevara a tus brazos.
Ya no amanece con indiferencia,
ni hay sal que reseque mi cara...
y la tierra que cubriría el blanco ataúd,
verá pasar los inviernos y las primaveras;
y quizá desespere, mientras me espera...
y tal vez también el viento la lleve;
y dejará de ser techo de muerte,
para ser lecho de rosas...
esas... que se desnudarán con tus caricias;
y dejarán de ser tallo de espinas,
para ser testigos mudos
desde rincones y esquinas.
Teresa Frias Delgado
