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miércoles, 13 de marzo de 2013

CARTAS SIN NOMBRE - Mirar - Del Blog "RETRATOS"




MIRAR


Mirar inunda. Dejarse inundar por los colores trocea el cuerpo en varias direcciones. El color que inunda la boca con el rojo, el azul que toca suavemente el pensamiento, el naranja que estalla en la risa y el verde que se posa con el calmo beso de las buenas noches. El blanco, tela donde el sueño se despliega, donde todos es posible, planicie donde el resto de colores se mezclan en una orgía de arcoíris. Y luego el negro, la muerte del pensamiento, el cuerpo flotando en la noche del mar.

Mirar inunda. Te veo revolver el azúcar en el café y me imagino todos tus mundos posibles.


PUBLICADO POR: CARTAS SIN NOMBRE - DOMINGO, 26 DE JUNIO DE 2011

http://40retratos.blogspot.com.es/2011/06/rostro-1.html

martes, 12 de marzo de 2013

Mª José Ferrer González - El tercer trimestre


El tercer trimestre

Estamos en el tercer trimestre del calendario.
Meses esperando,
hasta la luna sus fases ha cambiado.
Mi vida ya no es mi vida.
Sigo esperando.

Caballos negros y blancos
corretean por mis sentidos,
unidos en un canto.
Canto de esperanza,
de creer en sus palabras,
en sus promesas,
de entregarle mi vida
que, sin ella, ya no es nada.

¡Esperanza de Triana, a tu belleza me he rendido!
Te ruego y te pido que como tu nombre, Trianera,
esa Esperanza no sea olvido,
porque no quiero perder el sentido.

Una saeta lleva el aire en su sonido.
La Giralda, la Torre del Oro.
Sevilla entera se estremece con esos quejidos.

Lloran su sentir mientras el silencio
solo se rompe para aplaudir.

Las campanas doblan,
los tambores y trompetas acompañan esa saeta
que, salida del alma, dice
que mi Esperanza no sea olvido,
mientras esos caballos negros y blancos
corretean por mis sentidos.

Terminando el tercer trimestre del calendario,
galoparé en un caballo negro o blanco.
Si negro, hasta el cielo subiré para no volver…
Si blanco, habrá valido la espera,
mi esperanza se habrá cumplido
y será el fin de mi padecer.

Trianera,
¡Qué mi Esperanza como tu nombre… no sea olvido!

Autora: Mª José Ferrer González

sábado, 9 de marzo de 2013

Rosa Mª Villalta Ballester - Ruth y su corazoncito



 Eres mi Ruth niña
tan hermosa, tan linda.
Eres esa niña risueña,
que, con sus deditos,
tomaba la hierbabuena
y se impregnaba de su aroma.


 Eres mi Ruth niña,
la de los sueños encantados,
la de ilusiones y risas,
la que a su padre tanto quiere y quería,
la que con esa mirada agradecida,
dejaba encantada a quien la quería.


 Eres mi Ruth niña,
ese tierno corazón blanco y puro,
ese despertar tan esperado,
ese amanecer tan delicado,
ese son que contagia callado.


 Eres mi Ruth niña,
tan dulce, tan tierna, sin malicia,
     aquella que hace que el sol brille cada día,
esa que el viento no lleva su gracia e ironía,
la de las bellas miradas y dulce sonrisa.


 Eres mi Ruth niña, sí,
la que no pide y acaricia,
la de la bondad día a día,
aquella que salta y brinca,
aquella que nunca dejaste,
porque el corazón dicta.


 Eres mi Ruth niña, sí,
tan especial, tan llena de vida,
tan armoniosa y agradecida,
tan pura, tan esperada y con simpatía,
con ese corazón tan puro y delicado,
cuyo palpitar es oro en paño,
con ese esperar tan amado,
que hace de la vida una arco iris soñado.


 Eres mi Ruth niña, sí,
esa que jamás deseo pierdes,
porque con  esos tus sueños e ilusiones,
me acerco en tu despertar para que sean hallados,
porque en esa tierna y delicada niña,
se embellece el mundo con todo su encanto.


 Sí, eres mi Ruth niña,
y jamás la dejaré mientras tenga hálito.


 Autora: Rosa Mª Villalta Ballester

http://poemasyreflexionesrosa.blogspot.com.es/2013/01/ruth-y-su-corazoncito.html

viernes, 8 de marzo de 2013

Día de la mujer trabajadora



Desde ayer, me han empezado a llegar correos de amigas felicitándole en este día y eso me ha hecho pensar y querer plasmar por escrito que hoy quiero dedicar este día a la mujer "ama de casa", esa mujer trabajadora que nunca para, de la que se cree que no hace nada, porque tiene mucho tiempo.
Yo, que tuve que dejar mi vida laboral para cuidar a mis tres hijos pequeños, puedo asegurar que es uno de los trabajos más... Cómo lo diría... Ingratos? Poco reconocidos? Todo eso y mucho más se ha dicho y estoy totalmente de acuerdo porque no podemos olvidar que se trabaja de lo lindo y que, como decía mi madre: "Lo hagas como lo hagas, lo haces mal" porque resulta tan fácil criticarlo! 
Hace unos días lo hablaba con mi hija pequeña, ya adolescente, y a un paso de entrar en el mundo de mujeres trabajadoras y aunque es un discurso que ella me ha escuchado mucho, espero haber aportado algo más a la idea de lo que supone. Y es que, últimamente escucho a padres separados que cuestionan cualquier actividad de sus ex por eso que se  gastan, porque ellos les dan entre 100 y 200 euros al mes “para la manutención de su hijo”!
y me ofendo. Sí, me ofendo porque ninguna madre, por mucho que la ayuden, puede estirar esa cantidad ínfima en lo que supone, para mantener a su hijo y sí, también entiendo que ellos están fatal, que tienen que recomponer su vida, pagar todos sus gastos y no sobra pero... Siempre hay un pero... La madre, buena o mal, mejor o peor, tiene la responsabilidad 24 horas de cuidar, proteger, prevenir, aguantar, y un largo etc. a su hijo, pero también tiene que seguir una vida paralela, su vida. A veces les he planteado eso mismo a esos hombres: dime, por favor, si tuvieras que hacerlo tú, que además para poder trabajar tendrías que salir sí o sí de tu casa para no perder el trabajo,  más tener alguna actividad, por pequeña que sea, te verías obligado a contratar ayuda... Por cuánto te saldría?
Y olvidemos la respuesta: “Tiene a su madre”! Ahí me enfado mucho más. Otra “madre” a perpetuidad. Olvidemos a las abuelas, madres también que tras cumplir sus, al menos 18 años por hijo, se han liberado, ellas no pueden ser el burro de carga con la excusa que les imponemos: "Porque yo la necesito, solo/sola no podría"; y es que sin ellas ¿Quién puede trabajar y ser "ama/o de casa"? 
¿Qué trabajo permite hacerlo bien y cuidar hijos hasta que el pequeño cumple los 18?
(Otra cosa en la que no entro hoy aunque debería, son las que además salen a trabajar fuera, para mí un regalo que rompe la eterna rutina, pero claro, dependerá del trabajo y las horas que conlleve).
Seamos sinceros, pero todos, hoy deberíamos felicitar y alabar la labor que mantiene este mundo, el de las amas de casa-madres, ellas y solo ellas, merecen el más alto reconocimiento por la entrega a todos de sus horas: "Disponibles para todo y mucho más".  En ellas todo esfuerzo, dedicación se da por hecho y sin embargo es que "sin ellas, esta sociedad no sería posible"!
Las mujeres, ese colectivo tan desvalorado, merecen ya la igualdad, la paridad y el reconocimiento por parte de la sociedad. Muy a mi pesar este escrito pasará si pena ni gloria pero al menos he podido trasladaros cómo lo siento yo este día. 

Por ellas, por todas las madres que silenciosamente nos ayudan a crecer 

¡Feliz día de la mujer trabajadora!

Beatriz Salas

jueves, 7 de marzo de 2013

Aurora García Rivas - AUSENCIA DEL PÁRAMO

Puedes escuchar la grabación del cuento en este reproductor. No olvides subir el volumen.

AUSENCIA DEL PÁRAMO

Cuando María de la Consolación vio lo que había parido, con un esfuerzo apenas mayor que un hipo, mandó llamar de inmediato a don Inocencio, el cura, para que lo bautizase de urgencia, antes de que se apagara el débil pulso que hacía ondular las costillas del recién nacido con un tic tic tan débil como un suspiro de gorrión. Era preciso apurarse para evitar que al niño, en vez de habitar este valle de lágrimas o irse directamente al cielo, se lo llevasen los ángeles al limbo por toda la eternidad.
Su padre se sintió profundamente avergonzado en la ventanilla del Registro Civil, pensando en el nombre que se había puesto a su hijo bajo el agua perentoria de un bautismo apresurado, y pensó que quizá viviría poco porque, a su endeble personita habían añadido un nombre que, si el niño conseguía sobrevivir, no era lo más adecuado para su futuro. En el páramo los nombres cobraban un significado concluyente respecto a la persona y ésta lo arrastraba toda la vida como una carga o como un estandarte victorioso. Ausencia no parecía nombre de cristiano y menos de chico, pero Rodolfo del Páramo ya no tenía más remedio que registrarlo así porque el cura, mientras echaba agua bendita sobre su cabeza, indiferente al débil llanto del niño y su lucha, dijo el primer nombre que se le ocurrió. 
Ausencia no parecía un buen augurio.
Contra todo pronóstico, Ausencia creció aprisa. Largo como una planta en busca de luz, espiritado y frágil, parecía vivir permanentemente en un angosto cubículo de cristal por cuya abertura mostraba la cabeza, grande y calva, a la que asomaban un par de ojos verdiazules, que parecían implantados allí por equivocación.
Fue un niño fácil de criar, silencioso, amable, alegre, sólo tomaba leche y bananas, pero en tan gran cantidad que su madre debía arrastrar todas las semanas dos grandes cestas llenas, desde el mercado al todo terreno aparcado junto al ayuntamiento, y luego buscar en la casa un sitio fresco para conservarlas en buen estado. Ausencia, desde el año cumplido y sin más ayuda que sus manos, las iba pelando y comiendo una a una, atento a cada bocado, con la parsimonia de un viejo sin dientes que come un mendrugo de pan.
A los tres años no hablaba pero había adquirido una extraña habilidad para imitar a los pájaros y cuando se ausentaba de la casa camino de los páramos, se le posaban encima con tanta confianza como si hubiesen encontrado un arbusto escuálido, desprovisto de hojas, e iniciaban allí mismo su jolgorio, dichosos de que el niño los transportara sin peligro y sin tener que gastar energías propias.
En el páramo había cardos en abundancia y semillas de hierba con las que los pájaros saciaban su voracidad para después despiojarse en el apacible transcurrir de la tarde, o regresar sobre la cabeza y los hombros de Ausencia a posarse en las ramas de los árboles del huerto.
A los cinco años tampoco hablaba, pero se las arregló para pedir una flauta. A su padre le pareció una broma del destino pero su mujer, María de la Consolación, respondió que peor sería si hubiese pedido un trombón sacabuche, porque no veía a su hijo tocando un instrumento tan extraño y a ella no le gustaba su bronca sonoridad; una flauta era más apropiada, o eso pensaba, así que le trajeron una flauta travesera que el muchacho no sabía por dónde coger. Durante algunos días, la llevó con él en sus andanzas por el páramo intentando encontrar la nota exacta que copiase el canto de los pájaros. Ardua tarea en la que invirtió todo el día de muchos días, pero nada de lo que salía de aquella especie de tubo plateado, se parecía siquiera al chillido estridente de un gorrión.
Entonces, su madre, siempre atenta a sus necesidades, le buscó un profesor que le enseñó a leer música y a soplar el instrumento sin inundarlo de saliva.
Sorprendentemente, Ausencia no hablaba, pero leía música en voz alta como un experto. Era para ver la cantidad de horas que Ausencia del Páramo dedicaba al aprendizaje, con tal entrega que a los nueve años parecía un virtuoso, y tenía a la flauta tan hechizada que ésta dejaba pasar a su través el aire sin que la soplase. Nada más que ponía sobre ella sus dedos, la flauta dibujaba melodías que el muchacho apuntaba en cuanto papel caía en sus manos, así que en pocos meses no había forma de encontrar en la casa una cuartilla limpia ni un folio sin pentagramas.
Cuando pasaba el camión de la basura, las partituras revoloteaban entre remolinos de inmundicia, como fantasmas de veleros que habían llegado a tierra firme y, en vez de navegar, volaban. Las partituras, al llegar al vertedero, dejaban escapar sus hilos de música bajo los picos de las gaviotas, y éstas y las ratas, volvían a esconderse en sus guaridas sin atreverse a asomar a la superficie por lo extraño que se había vuelto el lugar. El basurero se transformó en un paraninfo musical al que llegaron multitud de expertos para estudiar un fenómeno que nunca habían visto en ninguna parte. Se inundó de música, de melodías que parecían venir de otros mundos.
Gracias a eso, ni ratas ni gaviotas volvieron a asomar al vertedero. Muertas todas, hechizadas o hambrientas, formaron parte para siempre del sustrato de la tierra y Ausencia del Páramo fue visto con ojos experimentales, pura ciencia y cálculo, y cambió la forma de tratarlo, pues era preciso que viviese para estudiar qué fenómeno resultaba ser Ausencia. Su deformidad dejó de ser ridiculizada y asombró a todo el país por los buenos ingresos que procuraba a los estudiosos de prodigios. No quedó cadena de televisión, ni radio, ni periódico, ni página virtual, donde Ausencia no tuviese su referencia.
A los catorce años, Ausencia no había dejado de crecer. Lo hacía, con terca precisión, a diez centímetros por año. Bajo su piel macilenta se edificaba un conglomerado de andamiajes que solo parecían destinados a sostener la cabeza, perfecta en su anatomía, pero enorme, cuyo cráneo brillante y calvo guardaba un cerebro especialmente estructurado para las Matemáticas y la Música. Crecía como un hilo sin consistencia y la cabeza parecía una bola de cristal mal acoplada sobre sus hombros.
Sus padres, María de la Consolación y Rodolfo del Páramo, decidieron llevárselo lejos, donde nada ni nadie pudiese molestar a su hijo. Además, calculaban, si en diez años había crecido un metro, si ahora mismo medía metro noventa, les daba terror pensar que, a los veinte años, mediría dos cincuenta, ¿y a partir de ahí…? Estaban muy preocupados y Ausencia no era feliz con tanto manoseo y tanta prueba, así que decidieron volver a llevarlo a casa, a corretear por los páramos donde el límite era el cielo, y a tocar su flauta travesera.
Sin embargo, la felicidad duró poco y alguien más sibilino que los demás, convenció a sus padres de que sería bueno para el muchacho salir de su casa, conocer mundos nuevos, aceptar con naturalidad sus defectos y, de paso, hacer subir la audiencia en todos los medios, algo que no sólo lo haría rico, sino que también serviría para el progreso de la Humanidad.
A los dieciséis años daba conciertos en todos los paraninfos del país y hacía cálculos complejos con mayor rapidez que cualquier calculadora electrónica; a los dieciocho, se lo disputaban cincuenta cadenas de televisión y sus padres lo llevaron a vivir a la capital. Pero Ausencia pensó que aquello era un horror, así que volvió al páramo y salió a acompañar sus conciertos con los pájaros, metido hasta las rodillas entre las duras hierbas de la llanura, dejando a su flauta libre de interpretar la música que quisiera y mirando los ocasos con sus ojos como mares sin olas.
Desde cualquier sitio se le veía llegar porque su cabeza se había vuelto más transparente y todo el mundo pudo ver que su cerebro estaba lleno de tornillos diminutos, de chips y de ruedecillas de engranaje. El páramo se llenó de apartamentos, que las empresas de turismo alquilaban a los turistas, para que éstos pudiesen descansar después de las largas caminatas que tenían que dar para ir tras Ausencia, que intentaba esconderse de tanta curiosidad. Empezó a sentirse infeliz otra vez.
A los veinte años, su cabeza no tenía un tornillo en su sitio, dejó de comer bananas, dejó de crecer y una tarde improvisó sobre las landas su último concierto. Llegaron todos los pájaros desde el pasado y algunos del futuro se atrevieron a traspasar el límite de la realidad. Ausencia se dobló sobre sí mismo, miró por última vez la llanura, dejó que las aves poblasen toda su anatomía, se abrazó a su flauta y se quedó dormido en un sueño infinito.
Su madre, a fuerza de pragmatismo, pensó que era un alivio que aquel hijo hechizado desapareciese antes que ella porque no estaba claro que Ausencia pudiese sobrevivir solo entre tantos seres distintos a él, entre tanto egoísmo, en un mundo que hacía dinero a costa de cualquier cosa o de cualquier persona, porque María de la Consolación sabía que su hijo era normal, que los diferentes eran los otros.
Cuando fue a amortajarlo, se encontró con un millón de mariposas blancas sobre la sombra que había dejado su cuerpo y con otro millón de mariposas iguales, como clones alados, revoloteando en una danza cósmica, que lo elevaban sobre las nubes y lo hacían desaparecer más allá de lo visible. María de la Consolación estaba segura de que Ausencia había vuelto con los suyos.